Antes de discutir umbrales conviene fijar el terreno. Estas son las definiciones y los límites que usamos cuando hablamos de mapas de profundidad facial en un puesto de operaciones, y las condiciones que damos por sentadas para que el análisis tenga sentido.
Pasiva no quiere decir invisible ni omnipotente. Quiere decir que el sistema no le pide nada al operador: no hay gesto, no hay giro de cabeza, no hay secuencia que interrumpa la sesión. La cámara que ya está en el puesto captura la geometría del rostro mientras la persona trabaja, y el análisis corre en segundo plano.
La malla facial reconstruida se recalcula muchas veces por segundo y se contrasta con el fotograma anterior. Ese contraste es lo que delata una réplica tridimensional: las máscaras actuales reproducen volumen y sombra, así que la textura dejó de ser una señal fiable. Lo que se mide es cómo cambia la profundidad entre un instante y el siguiente, no qué aspecto tiene la superficie.
Hay tres causas que se repiten en producción y no tienen nada que ver con el ataque. La primera es la iluminación lateral: cuando la luz incide de costado, la geometría reconstruida puede perder detalle en una mejilla o en la nariz. La segunda es una calibración desajustada, que se desvía con el uso y con los cambios de puesto. La tercera son umbrales demasiado estrictos, que marcan como anomalía lo que en realidad es una variación de sombra.
No elimina el fraude ni bloquea por sí solo cualquier intento con máscara. Tampoco reemplaza la política de seguridad del equipo: la complementa. Y no funciona como caja negra silenciosa, porque una verificación que no deja rastro no sirve para auditar nada. Cada análisis debe quedar registrado con su marca temporal y su resultado, de modo que una revisión posterior pueda reconstruir qué vio el sistema y cuándo.
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